Co-vivir con tus emociones

« Tout le malheur des hommes vient de ne savoir pas demeurer en repos, dans une chambre. »

« Toda la infelicidad de la humanidad proviene de su incapacidad para permanecer en reposo en una habitación. »

Con una sola frase, Blaise Pascal, filósofo del siglo XVII, pone en palabras uno de los grandes problemas de la humanidad : los seres humanos no saben quedarse solos consigo mismos, en silencio, sin distracción.

Y es que no estamos acostumbrados a quedarnos quietos, en un espacio sin ruido, sin estímulos para la mente. Esos momentos nos dejan a solas con nuestros pensamientos, con lo que llevamos dentro. Lo que parece una calma profunda se convierte, de repente, en un espejo incómodo : empezamos a sentir cosas que normalmente ignoramos, a escuchar una voz interior que solemos acallar. Y nos asustamos.

Jamás hemos aprendido a estar en paz con nuestros pensamientos, con nuestro mundo interior. Incluso le tenemos miedo, porque es un desconocido. Y solemos tener miedo de lo que no conocemos.

En el ámbito de la investigación médica, muchas cosas han cambiado desde la época de Pascal. Ahora, gracias a los avances de la psicología, la neurociencia y el psicoanálisis, sabemos mucho más sobre cómo funcionamos, cómo reaccionamos y por qué. Ese conocimiento nos abre una puerta : la de vivir en paz con lo que sentimos.

En Nimbus, queremos compartir lo más posible esta sabiduría porque creemos que eso es esencial para llevar una vida alineada con quienes somos de verdad.

Hemos elegido titular este artículo «co-vivir con tus emociones» y no usar palabras como «gestionar» o «dominar» a propósito. Esos términos del mundo laboral imponen una idea de rendimiento que no nos convence. Las emociones no se dominan : se escuchan. Solo hay que dejarlas hacer su trabajo de señal. Ahora te explicamos cómo.


Parte 1 — Conócete a ti mismo : entender las emociones

Clave 1 : Nombrar lo que sientes

Empecemos por el principio : la palabra misma. «Emoción» viene del latín emovere, que significa movimiento interior, agitación. No es algo fijo ni estático, sino algo dinámico, que pasa por nosotros.

El primer signo de una emoción es siempre físico – una tensión en el pecho, un nudo en la garganta, un calor en el rostro.

Según el psicólogo Paul Ekman (1984), existen dos tipos de emociones. Las emociones simples son aquellas que producen una expresión facial universal reconocible : el miedo, la alegría, la tristeza, la ira, la sorpresa y el asco. Son las que solemos conocer y reconocer bastante bien. Las emociones complejas son combinaciones de varias emociones simples. Ahi se complica la cosa… No podemos reconocer lo que no sabemos nombrar. Y muchas veces en nuestra vida adulta son las emociones complejas las que dominan.

Por eso existe una herramienta muy útil : la rueda de las emociones.

Esta rueda permite explorar todas las variaciones y matices de lo que sentimos, desde lo más general hasta lo más específico. Fue creada por Robert Plutchik, psicólogo, en 1980, según el cual había 8 emociones de base : la alegría, el miedo, el asco, la ira, la tristeza, la sorpresa, la confianza y la anticipación. Una idea que conecta con la teoría de Ekman : las emociones complejas no son más que una mezcla de emociones simples.

Existen tamaños y versiones de esta rueda adaptadas para cada edad.

Nombrar una emoción tiene un efecto directo en el cerebro : reduce la actividad de la amígdala y activa el córtex prefrontal. Es como ponerle un título a un expediente – tu cerebro ya sabe qué hacer con eso. Decirte a ti mismo, en voz alta o mentalmente, «ahora siento miedo / tensión / incertidumbre» ya es un primer paso enorme.

💡 Un pequeño tip : muchas veces, cuando dices «no sé lo que siento», en realidad tienes miedo de admitir lo que de verdad sientes o quieres.

Aquí vale la pena recordar una distinción importante : decir «me siento…» en lugar de «soy…». Las emociones son pasajeras, no definen quiénes somos. Para profundizar en esto, puedes leer nuestro artículo sobre la esquizofrenia consciente.

A veces, las emociones son tan complejas que resulta difícil identificarlas. Además, los mecanismos de defensa inconscientes pueden hacer que el cerebro te engañe. En ese caso, cierra los ojos, respira y busca dónde sientes algo en el cuerpo. Si hay un peso en el pecho, respira tranquilamente, dice “te veo emocion, te escucho, te tomo en cuenta. Ya puedes irte” e imagina que ese peso se va al expirar. Más allá de la psicología y el psicoanálisis, sabemos ahora que las heridas también se quedan en el cuerpo – moverlo con consciencia es fundamental (caminar, bailar, yoga, incluso sacudirse).

Las emociones son solo señales : nos avisan de que algo está pasando. No existen emociones buenas ni malas, positivas ni negativas. Reconocerlas es el primer paso para desarrollar una relación sana contigo mismo.


Clave 2 : Entender de dónde vienen

Nuestras emociones no aparecen de la nada. Siguen un esquema que, una vez que lo conoces, cambia la manera en que te relacionas contigo mismo :

Un detonante externo → algo ocurre en nuestra vida Nuestra interpretación → los pensamientos que genera esa situación La emoción → lo que sentimos como consecuencia El comportamiento → cómo reaccionamos

Este orden puede variar ligeramente de una persona a otra, según nuestra personalidad y nuestra historia. Pero lo importante es reconocer que entre el detonante y la reacción, existe un espacio – y en ese espacio está nuestra capacidad de elección.

Pongamos un ejemplo concreto. Le mandas un mensaje a un amigo y no te contesta en todo el día. Ese es el detonante. Inmediatamente, tu mente interpreta la situación : «está enfadado conmigo, le he hecho algo mal, o ya no le importo». Esa interpretación genera una emoción — tristeza, tal vez angustia. Y esa emoción te lleva a un comportamiento : te quedas rumiando todo el día, o le mandas tres mensajes más para asegurarte de que todo está bien.

Pero ¿y si simplemente tuvo un día muy ocupado?

Ahí está la clave : el detonante es objetivo, pero la interpretación es tuya. Y es en ese espacio — entre lo que pasa y lo que sientes – donde tienes el poder de actuar. No para suprimir la emoción, sino para preguntarte : ¿esta interpretación es la única posible? ¿Es la más probable?

La aceptación empieza aquí. Intentar suprimir una emoción solo hace que se quede más tiempo. Como dice la famosa frase : aquello a lo que resistimos, persiste. Reconocer el esquema no lo elimina, pero te da un poco más de libertad frente a él.Y si sientes que tus reacciones emocionales te generan malestar o te resultan difíciles de manejar solo, buscar el acompañamiento de un psicólogo o terapeuta puede ser un paso muy valioso.


Clave 3 : Vivir con ellas sin juzgarte

Nuestra sociedad suele oponer la razón y las emociones, valorando los comportamientos racionales por encima de los emocionales. Pero los seres humanos somos los dos a la vez, y no podemos ignorar ninguna de las dos partes.

Existe una técnica que ayuda a integrar ambas dimensiones : el Wise Mind (mente sabia). Consiste en tomar una situación y escribir dos respuestas posibles – una puramente racional y otra puramente emocional – para luego encontrar un equilibrio entre las dos. Es un ejercicio que se puede entrenar.

Otras herramientas útiles :

  • El journaling : escribir en un cuaderno, sin juzgarte, lo que sientes y piensas. O simplemente tomar nota mentalmente gracias a esa pequeña voz interna.
  • La gratitud : cada noche, citar al menos tres cosas que te hayan hecho sentir bien durante el día. Entrenar la gratitud cambia poco a poco la manera en que percibes tu vida.
  • Las TCC (Terapias Cognitivo-Conductuales) : técnicas terapéuticas que ayudan a identificar y modificar patrones de pensamiento que alimentan emociones difíciles.

En general, cuando las cosas van mal, es más difícil aceptar nuestras emociones. Se bloquean, se acumulan. Por eso trabajar en ello en momentos de calma es tan valioso.


Parte 2 — Las emociones y los demás

Abrirse a los demás desde el interior

Cuando sabes lo que pasa en tu cuerpo y en tu mente, puedes hablar de ello. Ese autoconocimiento es el primer paso para actuar con consciencia, y no desde tus heridas. Ya no te da miedo mostrar tu vulnerabilidad cuando algo te molesta, porque sabes describirlo con palabras que definen bien lo que sientes. Cuanto más lo practicas, más desarrollas tu capacidad de autoexpresión y autocompasión.

Una herramienta especialmente útil para esto es la CNV (Comunicación No Violenta). Permite expresar lo que sientes sin acusar al otro, separando los hechos de la interpretación y de la emoción.

La CNV propone un esquema simple de cuatro pasos :

Observación → describir el hecho, sin juicio Emoción → expresar lo que sientes Necesidad → identificar qué necesitas Petición → pedir algo concreto

Por ejemplo :

«Cuando no me avisas de que llegas tarde (observación), me siento angustiada (emoción), porque necesito saber que estás bien (necesidad). ¿Podrías mandarme un mensaje la próxima vez? (petición)»

Lo que hace poderosa esta frase es que no acusa al otro — no dice «siempre llegas tarde y no te importo» — sino que parte de lo que tú sientes. Eso abre una conversación en lugar de cerrarla.

La responsabilidad emocional es clave : si tú te haces cargo de lo que sientes, el otro no se siente acusado, y ambos tenéis más libertad para relacionaros con autenticidad.

Existe también el riesgo del exceso de empatía : cuando empiezas a sentir en lugar del otro e interpretas por él. Es mejor no hacer suposiciones – cada persona tiene su historia y vive las cosas a su manera.

Practicar la CNV a diario — en voz alta o mentalmente — entrena poco a poco la madurez emocional y la inteligencia emocional.

Al final, la clave no es controlar tus emociones, sino tener curiosidad hacia ellas. Preguntarte : ¿de qué tengo miedo? ¿Por qué? ¿Cuándo siento esto? ¿Dónde lo siento en mi cuerpo?


La educación en las emociones

Conectar con los demás implica aprender a conocer al otro, paso a paso, con paciencia. Esto es especialmente importante en la relación con los hijos — porque conectar con ellos es aceptarlos como son : personas enteras, con su propia personalidad, sus propias emociones, su propia manera de procesarlas.

Ejemplo de una situación simple : Cuando un niño te trae un dibujo que ha hecho, en lugar de decirle simplemente «¡qué bien, qué bonito!», puedes preguntarle : «¿Y qué has dibujado? ¿Por qué? ¿Cómo te sentiste haciéndolo?» Es el mismo principio que el arte-terapia : valorar el proceso y la emoción, no solo el resultado. Los niños pequeños no tienen problema con la imperfección — y muchos adultos intentan reconectar con ese niño interior para volver a permitirse crear libremente, sin juicio.

Pero educar a los hijos en las emociones también nos recuerda algo más amplio : no todas las emociones son igualmente aceptadas en nuestra sociedad. Cada generación, cada cultura, tiene las suyas autorizadas y las suyas silenciadas. Una mujer joven que expresa ira puede ser tachada de «histérica». Un joven que expresa su rabia puede ser calificado de «violento». No es fácil atreverse a asumir lo que uno siente cuando el entorno lo juzga.

Se nos enseña a tener miedo y vergüenza de nuestras emociones. A veces no queremos verlas para mantener el control – y por la culpa de la sobre valorizacion la racionalidad en nuestra sociedad. Otras veces, queremos explicarlo todo, ser comprendidos al cien por cien. Ninguno de los dos extremos es sano. Para estar en paz con tus emociones, lo primero es saber que todas están autorizadas.


Tener miedo de lo desconocido es humano. Pero lo desconocido puede volverse familiar — y lo que antes nos asustaba puede convertirse en una fuente de comprensión profunda de nosotros mismos.

Co-vivir con tus emociones no es un destino al que se llega, sino un camino que se recorre cada día. No se trata de sentir siempre las cosas «bien», ni de ser perfecto. Se trata de atreverte a mirar hacia adentro, con curiosidad y sin juicio. La inteligencia emocional sigue sin recibir el reconocimiento que merece en nuestra sociedad — y sin embargo, cada vez aparece más en la cultura popular (en las peliculas de Will Hunting o Del revés), porque en el fondo todos sabemos que ignorar nuestras emociones tiene un coste. Aprender a co-vivir con ellas no es una señal de debilidad. Es una de las formas más valientes de habitarse a uno mismo.

Seguiremos añadiendo ideas a este artículo a lo largo de nuestra exploración.

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